Skip links

Muchos conflictos que vivimos como problemas personales tienen, en realidad, una raíz organizativa

Cuando hablamos de gestión de la calidad en una organización, solemos pensar en protocolos, procedimientos, indicadores o certificaciones. ¿Qué significa realmente gestionar la calidad y qué impacto puede tener en las personas y en los equipos?

    Gestionar la calidad es algo mucho más sencillo y, a la vez, mucho más profundo que tener procedimientos, indicadores o una certificación.

    Es preguntarnos continuamente si lo que hacemos consigue los resultados que buscamos y, sobre todo, si mejora la vida de las personas a las que prestamos apoyo.

    Los procedimientos, los indicadores o las certificaciones son herramientas. Son importantes, pero no son el objetivo. La calidad tiene sentido cuando nos ayuda a trabajar mejor, a tomar mejores decisiones y a detectar qué tenemos que cambiar.

    Y ahí los equipos son fundamentales. La calidad no se puede hacer desde un despacho. Hay que escuchar a las personas usuarias, a las familias y a los profesionales, porque son quienes conocen lo que ocurre en el día a día. Cuando los equipos participan y entienden el sentido de los cambios, es mucho más fácil generar una verdadera cultura de mejora.

    Por eso entiendo la calidad como una forma de gestionar: conocer, escuchar, observar y analizar; priorizar y planificar; actuar, medir los resultados y aprender de ellos. Y volver a empezar. Cuando esta forma de trabajar se incorpora a la cultura de una organización, la calidad deja de ser burocracia y se convierte en mejora continua y en una verdadera herramienta de transformación.

    ¿Qué relación existe entre una buena gestión de la calidad y la prevención de conflictos dentro de una organización? ¿Puede una organización detectar que algo no funciona antes de que aparezca un conflicto abierto?

      Existe una relación muy directa. Una buena gestión de la calidad también ayuda a prevenir conflictos, porque permite conocer mejor qué está pasando en la organización y detectar problemas antes de que se hagan grandes.

      Los conflictos normalmente no aparecen de un día para otro. Antes suelen existir señales: problemas de comunicación, funciones poco claras, decisiones que no se entienden, sobrecarga, quejas que se repiten o profesionales que sienten que no están siendo escuchados.

      Si una organización dispone de mecanismos para recoger y analizar esa información, tiene muchas más posibilidades de detectar esas señales y actuar a tiempo.

      Además, los propios procesos de cambio pueden generar conflictos si no se gestionan bien. Cuando los cambios se imponen, no se explican o no se cuenta con las personas, pueden aparecer resistencias, dificultades y bloqueos. Por eso, prevenir conflictos no significa evitar que existan. El conflicto es inherente a las relaciones humanas y forma parte también de la vida de las organizaciones. Lo importante es ser capaces de detectar las señales, conocer qué está ocurriendo y actuar a tiempo, disponiendo además de herramientas para abordarlo adecuadamente.

      En este sentido, una buena gestión de la calidad no elimina los conflictos, pero sí puede ayudarnos a prevenirlos, comprenderlos mejor y gestionarlos antes de que se hagan más grandes.

      Desde tu experiencia profesional, ¿cuáles son los conflictos que aparecen con mayor frecuencia en los equipos y organizaciones y qué errores solemos cometer a la hora de abordarlos?

        En mi experiencia, muchos de los conflictos que aparecen en los equipos y que terminamos viviendo como problemas personales tienen en realidad una raíz organizativa.

        Esto lo he visto claramente en los cursos que imparto sobre negociación y gestión de conflictos. Antes de comenzar, suelo pedir a las personas participantes que compartan situaciones reales que les han resultado difíciles de gestionar. Y se repiten bastante los mismos problemas que tienen su raíz en: funciones y responsabilidades poco claras, falta de coordinación, ausencia de criterios comunes o de procedimientos, problemas de comunicación o dificultades entre distintos niveles de responsabilidad. Cuando estas situaciones se mantienen en el tiempo, terminan personalizándose. Lo que empezó siendo un problema de organización acaba convirtiéndose en “el problema es esta persona”.

        Y ese es uno de los principales errores que cometemos: centrarnos demasiado pronto en las personas sin analizar suficientemente qué hay detrás. En un conflicto intervienen percepciones, emociones, posiciones, intereses, necesidades, relaciones de poder y, por supuesto, un problema concreto que hay que identificar y comprender. Por eso es importante separar a las personas del problema y buscar la raíz. Muchas veces, cuando hacemos ese análisis, descubrimos que hay aspectos de la propia organización que podemos cambiar o mejorar.

        Me gusta entender el conflicto también como una fuente de información y una oportunidad de mejora. Nos está diciendo que algo no está funcionando o que necesita ser revisado. La cuestión es qué hacemos con esa información y qué somos capaces de aprender de ella.

        ¿Podrías compartirnos algún caso o experiencia profesional en la que mejorar un proceso, la comunicación o la gestión de la calidad haya contribuido también a resolver o prevenir un conflicto?

          Sí. Más que un caso concreto, es algo que he podido comprobar muchas veces en las evaluaciones de calidad. Cuando vuelves a una organización que ya has evaluado y que ha avanzado en su sistema de gestión, son los propios profesionales quienes te dicen: “ahora todo es más fluido, perdemos menos tiempo y tenemos menos problemas”.

          ¿Qué ha cambiado? Muchas veces no son grandes cambios. Se han aclarado responsabilidades, se han ordenado procesos, se han establecido criterios comunes, han mejorado los canales de comunicación y las personas saben mejor qué tienen que hacer, cómo hacerlo y quién toma determinadas decisiones. Al final, un sistema de gestión claro aporta orden, reduce incertidumbre y facilita mucho el trabajo cotidiano.

          Evidentemente, los conflictos no desaparecen, pero sí se reducen muchas de las situaciones que pueden generarlos innecesariamente. Y ahí veo muy claramente la relación entre calidad y gestión de conflictos: cuando una organización funciona mejor, también ayuda a que las personas trabajen mejor juntas.

          Llevando todo esto al ejercicio libre: ¿qué oportunidades profesionales existen actualmente para quienes quieran ofrecer servicios de consultoría, gestión de la calidad o gestión de conflictos a organizaciones?

            Creo que existen bastantes oportunidades porque las organizaciones están viviendo procesos de cambio y necesitan cada vez más apoyo para organizarse mejor, evaluar lo que hacen, gestionar sus equipos y conocer y evidenciar los resultados que consiguen.

            En el ejercicio libre hay diferentes posibilidades de acompañar a las organizaciones: consultoría, asesoramiento, formación o apoyo a procesos de cambio organizativo. Y dentro de estos ámbitos podemos trabajar cuestiones como la evaluación y los indicadores, la mejora de procesos, la medición de resultados e impacto en calidad de vida, la gestión del cambio, la mediación o la gestión de conflictos.

            Pero hay una cuestión importante: no basta con conocer una metodología o una herramienta. Cuando trabajamos con personas y organizaciones necesitamos entender su realidad, cómo funcionan, qué necesidades tienen y en qué contexto desarrollan su actividad. Y ahí creo que las trabajadoras sociales tenemos una base muy valiosa: conocemos el trabajo con las personas, sabemos analizar realidades complejas y entendemos muchas de las dinámicas que se producen dentro de las organizaciones y los equipos. Si a ese conocimiento incorporamos formación específica en gestión, calidad, evaluación, mediación o gestión de conflictos, podemos construir un perfil profesional con un importante valor diferencial.

            Y tampoco creo que el ejercicio libre tenga que empezar ofreciendo muchas líneas de trabajo. Puede comenzar poco a poco, identificando qué sabemos hacer, qué necesidad podemos ayudar a resolver y qué formación o conocimientos específicos necesitamos incorporar para ofrecer un buen servicio. 

            En mi caso, mi proyecto profesional nació precisamente de la necesidad de reinventarme. Y esa experiencia me enseñó algo que considero importante: buscar formación transversal, incorporar conocimientos de otros ámbitos y saber trasladarlos y adaptarlos a nuestro campo profesional puede generar muchísimo valor. Porque una cosa es conocer unas herramientas y otra saber aplicarla a una realidad concreta. Cuando combinamos el conocimiento que ya tenemos como profesionales del Trabajo Social con formación especializada y una mirada más amplia, podemos aportar soluciones mucho más ajustadas a las necesidades reales de las personas y de las organizaciones.

            Para una trabajadora o trabajador social que esté pensando en emprender, ¿qué competencias de nuestra profesión consideras especialmente útiles para trabajar en estos ámbitos y qué primer paso le recomendarías para convertir esos conocimientos en un servicio profesional?

              Creo que las trabajadoras sociales tenemos muchas competencias que son muy útiles para estos ámbitos y que, a veces, no somos suficientemente conscientes de su valor profesional.

              Sabemos escuchar, analizar situaciones complejas, detectar necesidades, trabajar con personas y equipos, coordinar diferentes agentes, gestionar conflictos, acompañar procesos de cambio y buscar soluciones. Además, tenemos algo especialmente valioso: conocemos bien el trabajo con las personas y sabemos desenvolvernos en realidades complejas, donde intervienen diferentes necesidades, intereses y agentes.

              Pero esa experiencia y esas competencias son el punto de partida. Si queremos desarrollar una actividad profesional en ámbitos como la consultoría, la gestión de la calidad, la mediación o la gestión de conflictos, creo que es importante complementarlas con una formación específica y rigurosa. Necesitamos formarnos en metodologías, modelos de gestión, evaluación, indicadores, mejora de procesos o técnicas de negociación y mediación, dependiendo del ámbito en el que queramos especializarnos.

              Esa combinación es la que me parece realmente potente: competencias propias del Trabajo Social, conocimiento de la realidad en la que queremos intervenir y formación especializada. No se trata solo de conocer unas herramientas, sino de saber aplicarlas y adaptarlas a cada realidad.

              ¿Y cuál sería el primer paso? Empezaría por conocernos también profesionalmente: qué sabemos hacer bien, qué nos gusta, qué habilidades tenemos, en qué queremos especializarnos y qué situaciones o problemas concretos podemos ayudar a resolver. Y, a partir de ahí, identificar qué formación necesitamos para hacerlo con conocimiento, rigor y profesionalidad.

              Después hay que convertir todo eso en un servicio claro y empezar. Puede ser con un proyecto pequeño, una colaboración o una formación. El ejercicio libre también se construye poco a poco, con experiencia, aprendizaje y especialización. Creo que emprender no consiste solamente en poner en valor lo que ya sabemos hacer. También implica seguir formándonos, especializarnos y aprender a convertir nuestros conocimientos y capacidades en un servicio profesional que responda a una necesidad real y aporte valor.