Por-No Hablar nació de una necesidad social, no de una oportunidad de negocio
¿Cómo surgió la idea?
Por-No Hablar surge en 2021 a raíz de mi trabajo como trabajadora social. Durante muchos años he trabajado con mujeres en situación de prostitución y víctimas de trata y hubo una situación concreta que me hizo empezar a darle vueltas a todo esto.
Se hizo bastante viral un vídeo porno en el que aparecía una práctica especialmente violenta hacia una mujer y, poco después, algunas de las mujeres con las que trabajaba empezaron a contarme que los hombres que acudían a prostitución les pedían hacer exactamente lo que habían visto en ese vídeo.
Ahí pensé: esto no se está quedando en una pantalla. Lo que vemos acaba influyendo en lo que entendemos por sexo, en lo que deseamos y en lo que pedimos después a otras personas.
Muchas de las cosas que están pasando tienen que ver precisamente con eso, con todo lo que ocurre por no hablar.

A eso se sumaba que cada vez veíamos un acceso más temprano a la pornografía y que muchos chicos y chicas estaban aprendiendo sobre sexualidad a través de ella porque nadie estaba ocupando ese espacio. Ni las familias, ni muchas veces los centros educativos, estábamos hablando de sexo.
Y de ahí sale también el nombre. Muchas de las cosas que están pasando tienen que ver precisamente con eso, con todo lo que ocurre por no hablar.
¿Cómo recuerdas la noticia del premio y qué ha supuesto?
Me hizo muchísima ilusión, y especialmente porque venía del Consejo General del Trabajo Social. Creo que eso fue lo que más significó para mí.
Cuando Por-No Hablar empezó, hablar de pornografía desde el Trabajo Social no era algo demasiado habitual. Al principio muchas veces tenía que explicar incluso por qué consideraba que esto era un problema social y por qué teníamos que intervenir desde nuestra profesión.
Entonces, que unos años después el propio Consejo General reconociera el proyecto por su carácter innovador fue muy bonito. Fue un poco sentir que todo ese trabajo, y también toda esa insistencia, habían merecido la pena.
Además, el premio nos ha dado bastante visibilidad y ha ayudado a que se conozca mejor lo que hacemos. Porque Por-No Hablar no es simplemente ir a un instituto a hablar de porno. Hay detrás un trabajo con jóvenes, familias, profesionales, campañas, materiales, acciones comunitarias… y creo que el reconocimiento también ha servido para poner en valor todo eso.
¿Cómo viste una oportunidad de negocio? ¿Cómo surgió la idea de emprender? ¿Qué servicios ofreces?
La verdad es que yo nunca vi una oportunidad de negocio. Vi una necesidad social. Y creo que para mí esa diferencia es importante.
Cuando creé Por-No Hablar no estaba pensando en emprender ni muchísimo menos en encontrar un nicho de mercado. Pensaba que había un problema al que no estábamos dando respuesta y quería intentar hacer algo.
He tenido que aprender que un proyecto social también tiene que ser sostenible si quieres que dure.
Lo que ocurrió después fue que empezaron a llamarnos centros educativos, ayuntamientos, entidades, familias… y el proyecto fue creciendo. Una cosa llevó a la otra y llegó un momento en el que tuve que empezar a verlo también como una actividad profesional.
Y esa parte me ha costado bastante, porque quienes venimos del ámbito social tenemos muy interiorizado eso de hacer horas de más, asumir tareas que nadie paga o sentir cierta incomodidad cuando toca ponerle precio a nuestro trabajo. He tenido que aprender que un proyecto social también tiene que ser sostenible si quieres que dure.
Ahora hacemos talleres con infancia y juventud, formación con familias y profesionales, campañas de sensibilización, jornadas, creación de materiales educativos y otras acciones más diferentes, como los TupperPorn o la dinamización de recreos. Y siguen apareciendo cosas nuevas porque el proyecto ha crecido mucho escuchando las necesidades que nos van planteando.

¿Qué ha sido lo más satisfactorio y lo más complicado a la hora de emprender?
Lo más satisfactorio, sin duda, es ver hasta dónde ha llegado algo que empezó siendo una idea bastante pequeña.
Hay momentos en los talleres que para mí siguen teniendo muchísimo valor. Cuando alguien te dice que nunca había hablado de sexo así, cuando una familia te cuenta que después de una formación se ha atrevido a tener una conversación en casa o cuando recibimos por Instagram una pregunta que alguien no se atreve a hacer en voz alta. Ahí pienso: vale, para esto hacemos todo este trabajo.
Y también me gusta mucho ver cómo Por-No Hablar ha ido creciendo y tomando formas que yo ni siquiera había imaginado al principio.
La parte complicada es la incertidumbre. En el emprendimiento social puedes tener muchísimo trabajo ahora y no saber qué va a pasar dentro de seis meses. Dependemos bastante de proyectos, contratos, administraciones y presupuestos públicos y eso hace difícil planificar.
Y después está toda la parte empresarial. Yo soy trabajadora social, no empresaria. He tenido que aprender sobre presupuestos, facturas, impuestos, contratación, gestión… y aprenderlo muchas veces sobre la marcha.
¿Qué te ha aportado ATSEL?
Sobre todo acompañamiento. Para mí ha sido importante poder contar con personas a las que preguntar cosas que se me escapaban completamente.
Porque una cosa es saber desarrollar un proyecto social y otra muy diferente saber convertirlo en una actividad profesional sostenible. Hay cuestiones económicas, fiscales o empresariales para las que yo no tenía formación.
Una cosa es saber desarrollar un proyecto social y otra muy diferente saber convertirlo en una actividad profesional sostenible.
También me ha ayudado a mirar Por-No Hablar desde otro sitio. Yo tiendo a estar pensando continuamente en qué actividad hacemos, qué necesita el proyecto, qué nueva idea podemos poner en marcha… y a veces hace falta que alguien te ayude a parar y pensar también en cómo hacer viable todo eso.
Y, sobre todo, hace que el proceso sea menos solitario. Tener a quién consultar cuando tienes una duda o tienes que tomar una decisión da bastante tranquilidad.
¿Crees que es un buen momento para emprender en Trabajo Social?
Creo que sí, aunque también creo que nos falta perder un poco el miedo a hacerlo.
Cuando estudiamos Trabajo Social parece que nuestro camino profesional está bastante marcado: administración pública, entidades sociales, Tercer Sector… y pocas veces nos presentan el emprendimiento como una posibilidad real.
Sin embargo, creo que tenemos muchísimo que aportar. Estamos continuamente detectando necesidades nuevas porque trabajamos muy cerca de las personas y de lo que está ocurriendo en la sociedad. Y precisamente de ahí pueden salir proyectos y servicios que todavía no existen.
Eso no significa convertir cualquier necesidad social en un negocio. Para mí significa otra cosa: ser capaces de crear respuestas profesionales a esas necesidades y conseguir que además sean sostenibles.
Yo desde luego nunca pensé que iba a emprender. Por-No Hablar empezó porque había algo que me preocupaba y sentía que teníamos que hacer algo. Después vino todo lo demás.
Y quizás animaría a otras trabajadoras sociales precisamente por eso: si hay algo que ves todos los días en tu trabajo y piensas continuamente “alguien debería hacer algo con esto”, igual ese alguien puedes ser tú.

